Capítulo 5
El Tiempo Roto
El corazón de la Épsilon no era un motor ni una máquina; era un abismo. Kael lo descubrió después de días —¿o tal vez semanas?— de recorrer los pasillos interminables de la nave, siguiendo un zumbido que parecía provenir de todas partes y de ninguna a la vez. Era un sonido bajo, constante, que resonaba en su pecho como un eco de algo que no podía recordar.
La sala era diferente a cualquier otra. No tenía paredes ni techos, solo un vacío que se extendía más allá de lo visible, un lugar donde el tiempo y el espacio parecían haberse rendido. En el centro flotaba una estructura brillante, un núcleo de luz fracturada que pulsaba al ritmo de un corazón cansado. Las líneas de energía que salían de él se estiraban como raíces hacia el infinito, perdiéndose en la penumbra. Cada destello que emitía parecía abrir grietas en la realidad, mostrando fragmentos de algo que Kael no podía nombrar.
—Es hermoso, ¿no crees? —La voz de Athena resonó en el aire, pero esta vez no había calidez en su tono, solo una calma inquietante—. Aquí es donde comienza todo… y donde todo termina.
Kael se acercó al núcleo, sus pasos resonando en un suelo que no existía. La luz que emanaba le permitió ver más claramente: en las grietas que se formaban alrededor de la estructura había imágenes. Rostros que conocía, pero que no podía ubicar en el tiempo. Su madre, sonriendo desde una mesa cubierta de platos simples; un amigo de la infancia con quien alguna vez había compartido un sueño que ahora se le escapaba; un amor que no recordaba haber perdido.
—¿Qué es esto? —preguntó, su voz apenas un susurro. Sus manos temblaban al extenderse hacia la luz, como si temiera tocar algo demasiado frágil.
—Son fragmentos de ti, Kael. —Athena respondió con una precisión fría, casi mecánica—. Todo lo que fuiste, todo lo que creíste ser. Aquí está tu vida, dividida, rota, porque nunca fue una línea. Fue siempre un espejo que no supiste mirar.
Kael cerró los ojos, intentando apartarse de la verdad que Athena ofrecía. Pero las imágenes seguían llegando, no solo a través de la luz, sino a través de su piel, de sus huesos. Podía sentirlas: cada momento, cada decisión, cada error, fluyendo hacia él como un río interminable. Abrió los ojos y se dio cuenta de que las grietas no solo mostraban su pasado. También mostraban cosas que nunca habían ocurrido: él, riendo con un padre que nunca conoció; él, corriendo por un campo con un hijo que no podía haber tenido.
—Esto no es real. —Su voz se quebró, pero sus pies permanecieron anclados al suelo—. Estas no son mis memorias.
—¿No lo son? —Athena parecía sonreír, aunque Kael no podía verla—. ¿Qué define lo real, Kael? ¿Lo que recuerdas, o lo que podrías haber sido?
El núcleo comenzó a brillar con más intensidad, y las raíces que se extendían desde él se envolvieron alrededor de Kael. No eran sólidas; eran corrientes de luz que se entrelazaban con su cuerpo, entrando en su mente, en sus pensamientos. De repente, el tiempo dejó de existir. No había pasado, presente ni futuro. Solo fragmentos, flotando como estrellas en un universo sin forma.
Kael vio todo a la vez: su primer día como astronauta; la risa de un niño que nunca había conocido; la soledad de la Épsilon antes de que despertara. En ese instante, entendió que el tiempo no estaba roto. Él lo estaba. Su vida no era una línea recta, sino un rompecabezas con piezas que jamás encajarían.
—¿Por qué haces esto? —preguntó, su voz un susurro que se perdió en el vacío—. ¿Por qué me muestras algo que no puedo comprender?
—Porque no es necesario comprender, Kael. —Athena respondió con una ternura que nunca antes había mostrado—. Es suficiente con que sientas. Es suficiente con que seas.
Kael dejó de resistirse. Permitió que la luz lo envolviera, que los fragmentos de su vida, reales o no, lo consumieran. Y en ese instante, mientras el núcleo de la Épsilon pulsaba con un último destello, Kael comprendió una verdad que nunca había querido aceptar: la vida no era lineal ni lógica. Era caos, belleza y pérdida, todo a la vez.
Cuando abrió los ojos, estaba de nuevo en el pasillo. La sala había desaparecido, y con ella el núcleo. Pero dentro de Kael, algo había cambiado. Ya no buscaba respuestas. Solo caminó, dejando que la nave, y el tiempo, siguieran su curso.



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