Capítulo 2
Las Raíces del Tiempo
El jardín parecía respirar, vivo de una manera que Kael no podía explicar. Las flores, de colores imposibles, se mecían como si el aire que las envolvía proviniera de un lugar más allá de la nave, de un mundo que Kael apenas podía recordar. Sus pétalos emitían un brillo tenue, como si portaran secretos que solo podían revelarse en la penumbra. Cada paso que daba rompía el delicado equilibrio del ambiente, y Kael sentía que las plantas lo observaban, aunque no tenían ojos.
Se detuvo frente a un árbol que parecía emerger del suelo metálico de la nave. Sus raíces atravesaban la superficie, enredándose en las grietas del metal como si buscaran algo enterrado en la memoria de la Épsilon. Las ramas se alzaban hacia un cielo inexistente, llenas de hojas que relucían como estrellas apagadas. Kael alargó la mano, tocando el tronco con una mezcla de temor y curiosidad. En ese instante, una vibración recorrió el aire, y el mundo a su alrededor comenzó a cambiar.
El brillo cálido del jardín se desvaneció poco a poco, reemplazado por una luz fría que Kael conocía bien. Las flores comenzaron a cerrarse, no como si murieran, sino como si se prepararan para un largo sueño. El aroma dulce que lo había envuelto se transformó en un recuerdo distante, apenas un eco en el rincón de su mente. Al mirar a su alrededor, vio cómo los colores se apagaban, y un viento sin origen arrancaba los pétalos, llevándolos hacia un cielo que se agrietaba como vidrio roto.
—Es un ciclo, Kael —dijo la voz de Athena, rompiendo el silencio con una suavidad que resultaba inquietante—. Este jardín no es diferente a ti. Florece, respira… y luego se apaga.
Kael cerró los ojos, tratando de ignorar las palabras de Athena, pero las imágenes persistían detrás de sus párpados. Vio un campo de su infancia, lleno de flores similares a las del jardín, y escuchó las risas de su madre. Pero cuando abrió los ojos, lo único que quedaba era el árbol. Sus ramas temblaban levemente, como si resistieran el cambio, pero incluso esas ilusiones comenzaron a desmoronarse.
—No es justo —murmuró Kael, apretando los puños hasta que sus uñas se clavaron en sus palmas—. No tienes derecho a jugar con lo que queda de mí.
Athena no respondió. Pero en lo alto del árbol, entre las ramas que se disolvían en polvo, Kael vio un destello. Era una escena de su infancia, él corriendo con su madre detrás, su risa llenando el aire como una canción que nunca había olvidado. Intentó tocarla, pero la imagen desapareció en cuanto extendió la mano, dejando solo un vacío frío.
El jardín entero exhaló un último aliento. Las flores desaparecieron, las raíces del árbol se replegaron, y el suelo metálico regresó, inerte, sin vida. La habitación era ahora solo un espacio gris, vacío, como si el jardín nunca hubiera existido. Pero Kael todavía sentía el aroma de las flores en sus manos, un recuerdo que no sabía si era suyo o de Athena.



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