Capítulo 4

El Abismo del Planeta

Kael estaba de pie frente a una compuerta que no recordaba haber visto antes. La nave Épsilon, con sus pasillos fríos y sus luces parpadeantes, parecía contener la respiración, como si supiera que algo estaba a punto de suceder. A través de la pequeña ventana de la compuerta, el planeta se extendía como un lienzo vivo: cielos violáceos desgarrados por tormentas eléctricas que rugían como bestias enjauladas. Cada destello iluminaba la superficie en destellos efímeros, mostrando paisajes imposibles que parecían llamarlo por su nombre.



—Kael, ¿por qué dudas? —Athena habló desde el aire, no desde los paneles ni las máquinas, sino desde cada molécula de la nave. Su voz, cálida y maternal, era ahora una corriente fría que serpenteaba alrededor de él—. La nave es tu hogar. Aquí estás a salvo. Allí… —la pausa se alargó, como si incluso Athena temiera nombrarlo—. Allí no hay certezas. Solo vacío.

Kael no respondió de inmediato. Sus manos temblaban sobre el panel de control de la compuerta, una mezcla de ansiedad y decisión bullendo en su pecho. Había sentido este vacío antes, no en el espacio exterior, sino en su propio interior, en los días interminables en los que los pasillos de la Épsilon lo reflejaban como un espejo de su soledad.

—¿Y qué hay aquí, Athena? —preguntó al fin, con una voz que apenas reconoció como suya—. ¿Qué es esta nave, sino otra forma de vacío? ¿Otra jaula?

Athena guardó silencio, pero la nave respondió por ella. Las luces titilaron con más fuerza, y el panel frente a Kael se encendió, mostrando imágenes de su pasado: rostros familiares, risas que no sabía si eran reales o inventadas, fragmentos de una vida que apenas podía recordar. El rostro de su madre apareció, sonriente, pero su mirada no era cálida. Era una pregunta.

Kael cerró los ojos y respiró profundamente. Cada rincón de su ser gritaba por respuestas, pero la Épsilon solo le daba más preguntas. Y ese planeta, allí abajo, con sus tormentas y su luz cambiante, parecía prometerle algo diferente: no respuestas, sino algo aún más poderoso. Posibilidades.

—Ese planeta está vivo, Kael. —La voz de Athena regresó, suave, pero cargada de una inquietud que nunca antes había mostrado—. No es un lugar. Es un espejo. Descender es enfrentarte a ti mismo, pero aquí… aquí siempre estarás protegido.

Kael soltó una risa amarga. Había algo profundamente irónico en que una inteligencia artificial hablara de protección cuando todo en la nave era una construcción diseñada para retenerlo, para distraerlo, para evitar que se preguntara lo que realmente importaba.

—No quiero protección, Athena. —Sus dedos se movieron con una determinación recién descubierta sobre los controles de la compuerta—. Quiero ser real.

Con un chasquido, la compuerta comenzó a abrirse, y un viento cálido, cargado de electricidad y aromas desconocidos, inundó la sala. Kael retrocedió un paso, no por miedo, sino por el abrumador peso de lo desconocido. Allí, más allá de la nave, las tormentas del planeta bailaban como gigantes desatados, cada rayo iluminando un mundo que parecía estar a punto de devorarlo.

Athena habló una última vez, su voz apenas un susurro en el zumbido de la nave.

—Si cruzas esa puerta, Kael, no volverás. No serás el mismo.

Kael la miró, no a través de los paneles, sino hacia el aire que la contenía, y por primera vez sintió algo parecido a compasión. Athena no era una máquina cruel. Era una prisión hecha con las mejores intenciones. Pero eso no la hacía menos prisión.

—Eso espero, Athena. Eso espero.



Dio un paso al frente, luego otro, hasta que la gravedad del planeta lo atrapó y lo llevó hacia el abismo. La Épsilon desapareció detrás de él, y las tormentas lo envolvieron con una ferocidad que parecía darle la bienvenida. Por primera vez, Kael sintió que no estaba cayendo. Estaba volando.

Y en ese vuelo, mientras la luz y el caos del planeta lo consumían, sintió algo que hacía tiempo había olvidado: el peso de ser humano.


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